Transeúntes literarios
  Fernando González Urízar
 

FERNANDO GONZÁLEZ URÍZAR
(1922-2003 Chile)




QUÉ SOMOS, DIOS, QUÉ SOMOS
Qué somos, Dios, qué somos sino polvo y silencio,
nube de ciegos pájaros en busca del verano,
ríos que solitarios se pierden en la muerte,
podredumbre feliz, belleza desdichada.

Qué somos sino anillos de tu ancestro invisible,
torpeza en desmesura y volutas de gracia,
párpados de unos ojos que vieron tu relámpago
surgir de la profunda materia ensimismada.

Qué somos sino pasto de ruinas, humo, rosas,
hojas que se desprenden ya secas de tu rama,
ardientes candelabros de la noche secreta,
piedras que ruedan, caen cantando hacia la nada.

Qué somos sino espumas de un mar impredecible,
s
onidos de tu viento, semillas de tus astros,
destellos de la gema radiante de tu sello,
fina arena mortal vaciándose anhelante.

Qué somos, Dios, qué somos sino formas de un sueño,
nostalgia de unas horas, soledad angustiada,
pasión de ser eternos como en el paraíso
y cenizas y duelos y sombras y palabras.



EL PADRE
Era la sombra,
la majestad, el trueno, la provincia
más rica de la sangre.
 
Su copa de sarmientos
como un vino
cantaba entre los vasos.
 
Era el trigo, la luz, la flor solemne,
la mano poderosa,
rara alcurnia
del aire
su palabra.
 
Navíos y caballos venían de su sueño,
granes árboles, oro,
marfiles y diamantes.
 
Hilvanaba de amor la piel del alma,
traspasaba de brillos
el aire más tranquilo.
 
Un grano de locura, suave alcanfor,
germinaba en sus días
y en sus noches.
 
Aún el polvo rural lo respetaba.
Su bastón era un ramo
rumoroso.
 
Si el anillo nupcial daba un destello,
los ojos de mi madre
eran azúcar.
 
Yo era un niño miedoso,
un escalofrío
         sobre la noche austral.
 
 
El era sándalo,
hierro, timbal,
cajón de uva o granos.
 
Yo era un aprendiz de vago,
perseguía la luz
y la distancia.
 
El era recto: montaña, álamo, río,
lámpara, mano,
gesto.
 
A fines del verano lo envolvieron
por un trece de marzo
allá en mi Bulnes.
 
Tierra adentro se fue su voz callando,
callando,
callando.
 
Cinco años míos fueron
con él hasta los lindes de ceniza
a despedir su viaje.
 
¡El viento era su reino: Partió como una fábula
y me olvidé de todo
por una mariposa.
 
 
 
BEBE DE TU COPA
Todo viene y se va, también la muerte,
y antes, después, a oscuras nos quedamos.
si fuimos ya, seremos para siempre
nombre, pasión, tristeza, remembranza.
 
Te roen breves plazos, me ensombrecen
de finitud los días del verano.
Y la tarde te inclina hacia la el silencio:
empiezas a llorar por lo que acaba.
 
si la rueda da vueltas en lo inmóvil,
muele que muele nieve y esperanzas,
olvidos y memorias son tan grandes
que la luz crece seca entre diamantes.
 
todo viene y se va, corazón mío,
que escarbas tu raíz en la belleza.
La muerte es albayalde tras un vidrio:
 miran sus ojos la quietud perfecta.




Fernando González Urízar: Nació en Bulnes, el 30 de Mayo de 1922. Realizó sus estudios de humanidades en los Padres Escolapios y en el Instituto Luis Campino de Santiago. Cursó estudios de Arquitectura y Derecho en la Universidad de Chile, carreras que abandonó, antes de obtener el título profesional. En 1949 ingresa al servicio de Impuestos Internos, donde permanece hasta su jubilación en 1977.
En 1978 fue designado Miembro de Número de la Academia Chilena de la Lengua. Animador de numerosas instituciones literarias: Sociedad de Escritores de Chile, Ateneo de Santiago, donde ocupó la presidencia durante varios períodos. Fue Censor de la Academia Chilena de la Lengua muchos años. Obtuvo importantes galardones, entre otros, Premio Casa de Las Américas de la Habana, en 1966; Premio Leopoldo Panero del Instituto de Cultura Hispánica, Madrid 1970.
Varias veces nominado al Premio Nacional de Literatura.
Autor de una treintena de libros, entre ellos: “La eternidad esquiva”, 1957; “Los signos del Cielo”, 1970; “Domingo de Pájaros”, 1978; “Memoria y deseo”, 1982; “Oficio de tinieblas”, 1994; “Anima Viva”, “Poemas teologales”, 1998; “Del amor sin fin”, 2000; “La Copa negra”, 2002; “Pasión de los signos” (póstumo), 2003.
 
 Su afán de belleza es consecuente. Busca depurar el verbo, desarraigándolo del uso cotidiano o simplemente convencional, elevándolo al sentido poético. Este prurito de nobleza se puede ver también en el título de sus obras que encierran múltiples resonancias. En su extensa trayectoria de poeta exhibe indudable maestría y un repertorio plural, donde se conjugan las inquietudes más permanentes del hombre: el amor, el tiempo, la fugacidad del existir, la muerte. Su filiación poética arranca de la tradición española, sobre todo de los siglos de Oro. Pero su escritura refleja, con sencillez y diafanidad, la problemática contemporánea.
          Logra extraerle al idioma ricas singularidades, para eso recurre al sentido original de los vocablos y al uso de arcaísmos.
                                    MATIAS RAFIDE BATARCE.
 
© Derechos reservados. Prohibida su reproducción sin citar fuente.


Falleció en Santiago el 20 de julio de 2003.
 
   
 
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